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domingo, 6 de septiembre de 2009

Quien era La Niña de Guatemala


Hacia la niña de Guatemala

Mercedes Santos Moray


Con "una imaginación enamorada de lo heroico, un viaje de ocho días a través de ríos, selvas y montañas tropicales..." llega el joven José Martí a Guatemala, con 24 años de edad.

El la segunda nación latinoamericana del periplo de su vida. Viene de México, de huir del golpe de estado de Porfirio Díaz. La sencillez de sus pobladores, el descubrimiento de la cultura maya, las vivencias entre aquellas criaturas que según el Popol Vuh habían nacido del maíz, van a enriquecer no sólo la pupila del hombre, sino su propia sensibilidad de poeta. Aquí comenzará a escribir sus más desgarrantes poemas, los que continuará a lo largo de varios años, los de su cuaderno Versos Libres. En este horizonte se despliega como maestro, desde la docencia universitaria hasta la que ejercita, gratuitamente, en la Academia de Niñas de Centroamérica, dirigido por la cubana Margarita Izaguirre. Allí, precisamente, y entre sus discípulas, tendrá a una bellísima joven, de sólo 16 años, María García Granados, hija del expresidente de la república y líder de la revolución liberal, don Miguel García Granados. Guatemala será el escenario de una leyenda: la de la niña de Guatemala.

En las tertulias familiares, donde el joven emigrado cubano comparte con la generosa acogida de los García Granados, mientras juega al ajedrez con el padre de la adolescente o cuando escucha a María en el piano, va tejiéndose un afecto entre los dos que supera la amistad, aunque no cuaja la relación amorosa porque José Martí está comprometido, ha dado palabra de matrimonio a una joven hermosa, la cubana Carmen Zayas Bazán. Y en la tierra del quetzal, donde será tribuno y desarrollará su pensamiento, articulando el perfil de su ideario de "nuestra América", sustancia renovadora de su propia concepción política, a favor de la independencia de Cuba. Martí sembrará para la poesía, y desde la memoria que todo lo embellece, la imagen adorada de su María, la que nutre en el romance de "la niña de Guatemala", ya cuando escribe sus Versos Sencillos, víctima del fracaso de su hogar, en la década del 90.
"Quiero a la sombra de un ala

,Contar este cuento en flor:

La niña de Guatemala,

La que se murió de amor."
Así escribió el poeta, cuando recrea la temprana muerte de la joven. La misma que a su retorno a Guatemala, luego de ausentarse brevemente, para realizar en México sus esponsales con Carmen, y retornar a tierra centroamericana, ya casado, le enviara una esquela tan elocuente como sintética, con la elegancia del sutil reproche, en enero de 1878:
"Hace seis días que llegaste a Guatemala, y no has venido a verme. ¿Por qué eludes tu visita? Yo no tengo resentimiento contigo, porque tú siempre me hablaste con sinceridad respecto a tu situación moral de compromiso de matrimonio con la señorita Zayas Bazán.Te suplico que vengas pronto, Tu niña."
Entre ellos sólo había 8 años de diferencia. Y una fuerte atracción, tanto sensual como espiritual.

Al fin de cuentas María logró conocer a Carmen, al encontrársela un día en casa de la familia Izaguirre. Tiempo después, se dice que el 10 de mayo de 1878, la joven muere de la enfermedad que en ese entonces se calificaba como mal de amor, la tuberculosis.

Unos meses atrás, en mayo de 1877, --José Martí se casó con Carmen en diciembre de ese mismo año--, le había escrito a María, estos versos:
"Terrestre enfermo, que a sus solas llora

El furor de los hombres, la extrañeza

De su comercio brusco, y su odiadora

Feral naturaleza,--Siento una luz que me parece estrella,

Oigo una voz que suena a melodía,

Y alzarse miro a una gentil doncella,Tan púdica, tan bella.

Que se llama --¡María!".

lunes, 9 de febrero de 2009

Un Cubano Cuenta "La casa vacia"












La Casa Vacia



Lilo Vilaplana
Bogota, Junio del 2006






Para Rolando y Niurka,
hermanos después de la niebla
y para su hijo Lemis Tarajano,
un sobrino que la vida me regaló
para contar esta historia












El joven Lemis nunca imaginó que con esa novia iba a disfrutar
dos orgasmos y padecer de esas inmensas ganas de morirse.
Aquella tarde tenía que suicidarse.
Se le acababa la vida en cada espacio de su habitación llena
de fotos de las bailarinas que había formado su abuela, alguna
vez jóvenes y bellas. Ahora, eran unas ancianas decrépitas.
Lemis las odiaba y ellas lo amenazaban con convertirlo en el
bailarín que jamás habitó en él.
–Para ser bailarín hay que tener alma de maricón, abuela.
Repetía el joven Lemis y se iba de la casa buscando un
refugio cálido y unas piernas de mujer que lo abrazaran. A esa
mujer la conoció aquella tarde en Montecatini, una esquinera
pizzería de El Vedado. Lo que no sabía Lemis era que muy pronto
perdería a Yordanka para siempre.
Por eso las noches eran largas, los besos desesperados, aunque
las olas de El Malecón lo salpicaran y se le confundieran la
humedad del agua de mar con la mojadez de la adolescencia
precipitada. El Malecón es el primer espacio para hacer el amor
que tiene Lemis, en medio de la destruida Habana.
Allí se sintió pleno, Yordanka le enseñó a amar, a venirse
con las olas salpicándolo, Yordanka lo liberó del celibato adolescente
y ahora sí, está absolutamente seguro, nunca será bailarín.
Lemis quiere a Yordanka y aprendió a quererla para siempre. Ese
fue su primer orgasmo. Le estaba faltando el segundo. El otro
orgasmo que le habría de regalar Yordanka y del que su memoria
no puede desprenderse.
–A mi casa puedes ir a visitarme, yo sé que tú eres un niñito
del Vedado, yo vivo en La Habana Vieja, donde conozco a los
negros guapos, y “sábanas blancas colgadas en los balcones” pero
aunque tú no me creas me han criado muy bien. –Le dijo Yordanka
en un ataque de igualdad social que el sistema comunista les cree
imponer a todos.
Lemis fue más digno:
–A tu casa voy porque me gustas, porque me quiero morir
contigo, porque…
En el rostro de Yordanka había una tristeza infinita. Ella también
se había enamorado de Lemis, un muchacho joven, bonito,
al que su abuela le había impuesto estudiar ballet.
Lemis fue colgado en el camello a visitar a Yordanka, fue a
La Habana Vieja. Llegó a su colonial casa de barrio, donde algún
manisero de esta época, sin pregones, pero necesitado hasta
del papel con el que se hace el mismísimo cucurucho del maní, te
ofrece el producto, no pregonando porque no se puede. Es mejor
ni comprar maní, ni nada, porque si compras un pedazo de
pizza para aplacar el hambre, su cubierta de queso puede ser un
recalentado condón, y no se sabe si usado.
Son tiempos difíciles en que se busca novia en la farmacia
para conseguir alcohol de 90º grados, echarle agua y azúcar quemada
en la sartén para poder disfrazarle de gozo un rato a las
neuronas y hacerles creer que se bebe algún trago especial. Son
momentos de locura, y como en estos tiempos de orates se necesita
estar sobrio, aparece Lemis en La Habana Vieja, buscando
su amor. El pobre es uno de los pocos sobrios de La Habana.
Ya Lemis toca la aldaba, le abren la puerta, y se sienta en la
sala. Yordanka lo recibe. Sus padres lo miran raro, ya Lemis se
está despidiendo. Ya Lemis llega a su casa. Y no pudo hacerle el
amor a Yordanka. No fue esa su segunda y última vez, pero iba a
ser. Algún día iba a ser.
El aprendiz de bailarín entró a la habitación de su apartamento
en El Vedado. Miró las fotos de esas hembrotas que un día
cualquiera a punta de frías croquetas, enseñó a bailar su abuela,
se quiso masturbar. No pudo, Lemis sólo tenía ojos y semen para
Yordanka. Por eso mañana volvería a visitarla. Ella le había prometido
que la próxima vez no iba a ser en El Malecón, sino que
sería en su cama. El quería cogerle la palabra y por qué no, también
el culo y mejor en su cama.
Lemis volvió a La Habana Vieja, a casa de su novia, ella
quería cumplir su promesa, pero ya no estaba la cama. Le había
prometido una cena romántica pero no había mesa. La casa se
iba esfumando en pedacitos. La casa era un leproso al que siempre
le faltaban partes. Lemis pensó: la cosa está mala, esta familia
está vendiéndolo todo. Esta gente está en crisis, los “tronaron”.
Lemis trató de hablar con Yordanka. Ella lo evadía, ya no
había tiempo para él. Yordanka iba matando cada instante que
podía oler a cariño, a amor, ella no quería seguir, pero Lemis
sabía que le faltaba el segundo sexo, la segunda eyaculación prometida.
A la siguiente visita, a la casa le faltaba una pared interior
completa. Eran tiempos que la gente en La Habana convertía las
casas en loft, una moda “muy de afuera”. Yordanka miraba a
Lemis. Quería disculparse, pero no sabía qué decir, le brindaba
jugo de guayaba, él se lo tomaba, se le pasaba la calentura y se
iba.
Ya no había paredes interiores, la casa era sólo una amarillenta
fachada. A Lemis, la casa de Yordanka le recordaba el vacío
escenario del absurdo ballet mariquita de su abuela.
Se despertó de nuevo La Habana sin horizontes, sin noticias.
Para la televisión local todo anda bien, menos la vida, menos
los sueños. Todo está bien, menos la esperanza que se ha
marchado para siempre.
Yordanka le dijo que fuera a la casa de La Habana Vieja,
que iban a hacer el amor de nuevo. En su cama. Lemis estuvo
feliz toda la mañana, y hasta habló con un amigo para que le
prestara una de sus revistas pornográficas. Lemis lo calculó todo.
Yordanka también. Por eso esa tarde, su casa estaría vacía, para
ella y para su amado Lemis.
Lemis llegó. Ella fue a recibirlo con una camisa blanca del
hermano, de seda, bonita y que le cae sobre el cuerpo, sin brasier,
sólo sus dos pezones rosados asomando debajo de la camisa
prestada. Nunca supo cómo apareció. Pero ahí estaba la cama
de Yordanka en medio de la desértica sala. Sin puertas, ni ventanas
interiores, la casa vacía para siempre. Allí hicieron el amor,
sin la camisa de seda de Yordanka, y sin las eternas botas de
rockero que acompañaban a Lemis en su protesta de no ser un
bailarín más del ejército de su abuela.
Ella sabía que era la última vez que le haría el amor a Lemis.
El lo sospechaba, pero hasta ese momento en que estuvo parado
sobre el balcón del edificio, no se había dado cuenta de que ésa
había sido realmente su última vez. Ahora, ella desnuda, él también.
Lo toma del brazo y lo lleva hasta el patio, hay un camión
con un toldo, adentro, en la parte trasera del camión y escondida
por una enorme lona, hay una balsa construida con todos los
pedazos que le faltan a la casa vacía.
–Mañana nos vamos del país… ¿Vienes con nosotros?
A Lemis le retumban las palabras de Yordanka. Las sufre.
Lemis se había alejado corriendo de la casa vacía. Ahora Lemis
está llorando sobre el balcón del dieciocho piso del edificio
Somellán en El Vedado. Yordanka se fue. Nadie sabe de su suerte.
Lemis sigue como una estatua en el balcón y no sabe si saltar
hacia el mar o quedarse parado para siempre en esa baranda del
deseo.
Bogotá, junio de 2006

sábado, 10 de enero de 2009

El Carretero y el Eco




Ignacio María de Acosta y Guerra


Aunque nacido en La Habana el 4 de octubre de 1814, se le trasladó a Matanzas a la edad de siete años. De nuevo en La Habana a la edad de 12 años —por razones de estudios— regresó a Matanzas definitivamente en 1833. Hay, pues, motivos para considerarlo un escritor matancero nacido en La Habana.
Buena parte de su producción lírica vio la luz en la prensa, de ahí que resulte necesaria la revisión de publicaciones como La Guirnalda, El Yumurí, La Aurora de Matanzas, Aurora del Yumurí —de esta fue redactor—, El Duende y Liceo de Matanzas, en todas ellas colaboró, si bien acostumbraba firmar algunas a veces con seudónimo, ya fuera el de Iñigo, o mediante sus iniciales I. M. de A.
En 1845 publicó su cuaderno titulado Delirios del corazón. Poesías amatorias, que vio la luz en Matanzas y 13 años después su Romance histórico y geográfico de la Isla de Cuba, que fue texto de lectura para las escuelas primarias gratuitas de la región de Matanzas. En su enjundiosa Evolución de la cultura cubana, José M. Carbonell y Rivero apunta: “Su poesía es elegante, correcta, sencilla, clara (…), posee personalidad, inspiración, naturalidad.”.
Hacia la mitad del siglo XIX fue Ignacio María de Acosta y Guerra un escritor muy conocido entre sus convecinos matanceros y hasta popularidad nos atreveríamos a decir que alcanzó, en particular a través de una de sus composiciones más leídas "El carretero y el eco", en que las últimas sílabas de cada estrofa son reproducidas por el eco.




EL CARRETERO Y EL ECO



En un pantano atascado a orillas del Yumurí

Hecho estaba un renegado El carretero Juan Prado, Bravo como un cayarí.


Cual carretero de ley juró como un condenado al gritar desesperado Perla Fina, tesia buey


Y allá del otro lado una voz le dijo : ¡ey !


Mal rayo del Dios bendito Quien demonios me llamó Que quieres ?, lo ves maldito ya el eje se me torció! Sio !


A callar a sus gallinas Si las tiene o las robó.


Perla Fina !, Tesia Buey A mi nadien me cayo! Yo!


Pues salga, salga al camino Si es tan cheche o tan curro Salga, salga al endino
Y vera como lo aburro. Burro!


Burro será usted, Atrevido, insolente, deslenguado, ¡ ven acá que se me ha partido el cuchillo que he comprado! Prado!


¿Me conoces ? No respondes Abrase visto un aquél Vamos, ¡sal de ahí! Dónde te escondes, Vive Dios a que es Manuel? El !


Muchacho por mil legiones Ven acá por un momento Es que en estos cangilones


Estoy casi que reviento. Viento !


¿Qué viento dices ? ¿Qué vientos ni que marica? Manuel, Manuel, anda listo Que estoy como picapica . Pica !


Y no ves que estoy picando pero es que el lodo está muy seco, no es Manuel cuando me deja en el pantano atascado


¡A paisano que está apurado se ayuda y noi se aconseja!. Ceja !


Gran demonios Quién te entiende, ¿ y te escondes en la zaranda? ¿ O serás acaso algún duende que vives en la otra banda ? . Anda !
Ya quisiera por lo cierto venga acá y agarre la vara es que en estos cangilones estoy casi medio muerto ¿no repara ?. Para !


Y no ves que estoy parado Pero es que el lodo esta muy seco. Venga acá señor tapado y verá como lo desfleco. Eco !
Es verdad, el eco es todo y yo pregunta y pregunta dijo Juan, picó su yunta y logró salir del lodo.


viernes, 9 de enero de 2009

Las Carretas en la Noche


Agustín Acosta Bello nació en la ciudad de Matanzas, Cuba, el 12 de noviembre de 1886. Su primer trabajo fue el de telegrafista de los ferrocarriles. En 1918 se doctoró en Derecho Civil en la Universidad de La Habana. Ejerció como notario en el municipio matancero de Jagüey Grande.


LAS CARRETAS EN LA NOCHE


Mientras lentamente los bueyes caminan,las viejas carretas rechinan… rechinan…
Lentas van formando largas teorías por las guardarrayas y las serventías…
Vadean arroyos, cruzan las montañas llevando el futuro de Cuba en las cañas…
Van hacia el coloso de hierro cercano: van hacia el ingenio norteamericano…
Y como quejándose cuando a él se avecinan, las viejas carretas rechinan… rechinan…
Espectral cortejo de incierta fortuna, bajo el resplandor de caña de la luna…!
Dando tropezones, a obscuras, avanza el fantasmagórico convoy de esperanza.
La yunta guiadora de la cuerda tira,mientras el guajiro canta su guajira…
Ovillo de amores que se desarrolla en la melancólica décima criolla:
“Hoy no saliste al portal cuando a caballo pasé:
guajira:
no sé por qué te estás portando muy mal…”
Y al son de estos versos rechinan inquietas con su dulce carga las viejas carretas…
“En el verde platanal
hoy vi una sombra correr:
mucho tendrá que temer quien te me quiera robar,
que ya yo tengo un altar para hacerte mi mujer”.
En bruscos vaivenes se agachan, se empinan…las viejas carretas rechinan… rechinan…
Las ruedas enormes, pesadas, se atascan…Los bueyes se lamen los morros y mascan…
Jura el carretero, maldice, blasfema,y cada palabra es un anatema…
Detiénese el tardo cortejo a ayudar a quien paso libre tiene que dejar.
Aquí de las piedras que calcen las ruedas, los troncos robados a las arboledas…
El esfuerzo inútil y la imprecación…La frase soez y la maldición…
Oh guajiro… y mientras a gritos maldices, los bueyes se lamen las anchas narices…!
Al fin sobre firme terreno ha rodado el carro de caña de azúcar cargado.
Y de otra carreta sale una canción que exorciza el eco de la maldición:
“Yo nunca podré aspirar a darte un beso de amor:
tú conoces mi dolor
y no lo quieres calmar”.
Y al son de estos versos rechinan inquietas las tardas, las viejas carretas…
“Te vas al pueblo a bailar
y no te acuerdas de mí;
de mí que me quedo aquí,
y que como buen poeta te dedico esta cuarteta
que he sacado para ti”.
En bruscos vaivenes se agachan, se empinan…las viejas carretas rechinan… rechinan…
El ingenio anuncia cambio de faena con un prolongado toque de sirena.
Y a través de sombras fantásticas brilla como gigantesca lámpara amarilla,
soplando cautivos vapores rugientes hacia los irónicos astros esplendentes.
Por las guardarrayas y las serventías forman las carretas largas teorías…
Vadean arroyos… cruzan las montañas llevando la suerte de Cuba en las cañas…
Van hacia el coloso de hierro cercano: van hacia el ingenio norteamericano,
y como quejándose cuando a él se avecinan, cargadas, pesadas, repletas, ¡con cuántas cubanas razones. Rechinan las viejas carretas…!

martes, 6 de enero de 2009

Mi Bandera (Bonifacio Byrne)


BONIFACIO BYRNE(1861-1936)



Su celebridad como poeta fue mayor a partir de su poesía civil, de temas patrióticos, como bien testimonia "Mi bandera", cuya calidad como poema es inferior a su importancia histórica, por haberlo escrito a su arribo a Cuba en 1898, tras el exilio, justo cuando comienza la primera intervención norteamericana. Este texto es testimonial y representativo de un momento trascendente para la nacionalidad cubana. Como poeta, Byrne no trascendió al romanticismo decimonónico, aunque pueden hallarse en su obra elementos del Modernismo coetáneo. Se recuerdan también sus poemas "¡Excélsior!" , "Los muebles" y el soneto "El sueño del esclavo".

MI BANDERA
Al general Pedro E. Betancourt


Al volver de distante ribera,Con el alma enlutada y sombría,Afanoso busqué mi bandera¡Y otra he visto además de la mía!
¿Dónde está mi bandera cubana,La bandera más bella que existe?¡Desde el buque la vi esta mañana,Y no he visto una cosa más triste!...
Con la fe de las almas austerasHoy sostengo, con honda energía,Que no deben flotar dos banderas. Donde basta con una: ¡la mía!
En los campos que hoy son un osario.Vio a los bravos batiéndose juntos,Y ella ha sido el honroso sudario.De los pobres guerreros difuntos.
Orgullosa lució en la pelea,Sin pueril y romántico alarde:¡Al cubano que en ella no crea.Se le debe azotar por cobarde!
En el fondo de obscuras prisiones.No escuchó ni la queja más leve,Y sus huellas en otras regiones.Son letreros de luz en la nieve...
¿No la veis? Mi bandera es aquélla.Que no ha sido jamás mercenaria,Y en la cual resplandece una estrella,Con más luz, cuanto más solitaria.
Del destierro en el alma la traje.Entre tantos recuerdos dispersos.Y he sabido rendirle homenajeAl hacerla flotar en mis versos.
Aunque lánguida y triste tremola,Mi ambición es que el sol con su lumbre.La ilumine a ella sola -¡a ella sola!-En el llano, en el mar y en la cumbre!
Si deshecha en menudos pedazos.
Llega a ser mi bandera algún día...
¡Nuestros muertos alzando los brazos.
La sabrán defender todavía!...

lunes, 5 de enero de 2009

A Rufina (El Cucalambe)






JUAN CRISTÓBAL NÁPOLES FAJARDO,EL CUCALAMBÉ(1829-1862?)
Las dos primeras corrientes poéticas cubanas: criollismo y siboneyismo, tienen en El Cucalambé a un poeta principalísimo. Sus décimas ejercieron gran influencia dentro de la tradición popular de la poesía de Cuba hasta el siglo XX. Puede discutirse si alcanza o no los logros cualitativos de otros autores del mismo siglo, pero su significación dentro de la evolución de la poesía cubana es tal, que algún texto suyo no debería de faltar en antologías panorámicas. "A Rufina. Invitación segunda" es uno de sus mejores conjuntos de décimas, aunque quizás sea más célebre "Hatuey y Guarina". El sentido de la nacionalidad se externiza, sin que el poeta haga mucho énfasis político en sus obras.
Obra referencial: Nápoles Fajardo, Juan Cristóbal: Poesías completas, compilación y prólogo de Jesús Orta Ruiz, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1974.







A RUFINA. INVITACIÓN SEGUNDA

Con sus aguas fecundantes. Tenemos aquí el octubre. Y ya la tierra se cubre. De bellas flores fragantes. Los jobos se ven boyantes. En las corrientes del río; El guajiro en su bohío . Canta con dúlcido afán, Y pronto se acabarán, Los calores del estío.
Tengo, Rufina, en mi estancia, Paridas matas de anones, Cuyos frutos ya pintones. Esparcen dulce fragancia: Hay piñas en abundancia. Dulces así como tú; Hay guayabas del Perú Y mameyes colorados, Que comeremos sentados. Bajo el alto sabicú.
Tú en mi caballo alazán. Y yo en la yegua tordilla. De la estancia por la orilla. Correremos con afán. Verás qué verdes están. Los palmares inmediatos, Contemplarás los boniatos, Y las cañas bulliciosas. Y en éstas y en otras cosas. Pasaremos bellos ratos.
Pronto verás las orillas. Del arroyo y las barrancas, Cómo se cubren de blancas. Y fragantes campanillas. Las ciruelas amarillas. Están madurando ya, Muy pronto sazonará. La fresca y sabrosa caña, Y el mijo allá en la montaña. También madurando está.
De tarde recogerás. Los huevos del gallinero. Y mi ordinario sombrero. Lleno a la casa traerás: Un gallo giro verás. Que pienso poner en traba. Porque los pollos me acaba. Con su maldita fiereza; Ven, chinita, que ya empieza. A madurar la guayaba.
Te llevaré a un colmenar. Con cuyos productos medro, Y que está bajo de un cedro. Al fondo del platanal; La miel te daré a probar. Si miedosa no te alejas, Y sobre unas palmas viejas. Alterosas por demás, A los pitirres verásAsechando a las abejas.
Si a caminar te sonsaco. Por las riberas del río, Contemplarás, ángel mío, Lindas vegas de tabaco. Allí oyendo el chinchiguaco. Por entre una y otra calle. Tu pulidísimo talle. Sin rival te lucirá, Y esbelto se mecerá. Como la palma en el valle.
De un ingenio que hay vecino. Te enseñaré los primores, Los negros trabajadores. Y las pailas y el molino. De blanco azúcar refino. Verás al sol los tendales, Y allá en los cañaverales. Has de oír aunque te inquietes, Fuertes golpes de machete, Voces de los mayorales.
De un cafetal inmediato . Entre mil bellos objetos, Los florecidos cafetos. También de enseñarte trato: Allí descansando un rato. A la fresca sombra de ellos, Cantaré tus ojos bellos, Tus encantos soberanos, Y te estrecharé las manos. Y besaré tus cabellos.
Y en fin, cuando nos cansemos. De tanto correr ufanos, Cantando versos cubanos. A mi estancia volveremos. Allí mil cosas haremos. Que quedarán inter-nos. Y descansando los dos Sobre rústicos asientos, Bendeciremos contentos. A nuestra Patria y a Dios.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Y..Lilo sigue contando (Una Telenovela..Pero esta es distinta)












Tele Novela Cubana



Lilo Vilaplana
A los tantos compañeros con los que he trabajado
haciendo televisión en todos estos años
en mi exilio en Colombia.
A Telecolombia que me abrió sus puertas.













Un cubano cuenta....






Ulises tuvo que meterse a diabético. Su madre se lo había
dicho varias veces, el único de la familia que no contaba con una
dieta por problemas de azúcar era él. Por eso fue a hacer la cola
en el solar del Reverbero, y le compró una dosis de orina a la
vieja Eloísa. Su tío Sergio con estas muestras de orina, más dulce
que lo normal, le inventó su certificado. Ya Ulises está registrado
como diabético y tiene derecho a engullirse una libra y media de
carne al mes, que le anotan en la libreta de abastecimientos.
Gloria muerde despacio una enorme langosta en Marina
Hemingway, mientras su padre en la otra mesa a varios metros
de ella, se come un churrasco argentino y se bebe un litro de
Whisky con otros dos generales. Ella está segura que en aquella
mesa llena de estrellas están salvando la patria. Mientras mastica
la cola de masas blancas. Gloria piensa en Ulises.
Gloria, hija del general Morciego, y Ulises, un joven curtido
por el mar, hijo de Martín el pescador, muy a pesar de langostas,
churrascos, y libreta, se aman. La acogedora Ceiba del Parque
de la Fraternidad había sido su primer y único techo. Allí Gloria y
Ulises se besaron por primera vez. Luego se sentaron en la banca
sucia de hierro fundido y madera descolorida. Cuando se cogieron
las manos creyeron que se habían unido para siempre.
En la noche se inventan una fogata cerca al busto de
Hemingway en la bahía de Cojímar y sus cuerpos juguetean sudorosos
y desnudos. Se juran amor eterno. Miran un rato las
estrellas y Ulises rompe toda la magia de la noche, estallando en
palabras la bomba de tiempo que tiene acumulada en el centro
de su pecho.







–Ya no me aguanto más esto. Este país no va para ningún
lado. Imagínate que para comer carne me tuvieron que inventar
un certificado de diabético… ¡Yo diabético! Un día de éstos…
cojo el bote del viejo y me piro pa’ la pinga de toda esta mierda…
No fue necesario. Gloria se aprovechó de la última discusión
con su padre. El general Morciego no miraba con buenos
ojos a Ulises, decía que el futuro de su hija no podía ir a parar a
manos de alguien que no tenía ni para pagar la langosta que
tanto gustaba a Gloria. Y ahí mismo, cuando su padre hablaba
de langostas impagables, Gloria lo convenció. Así todos quedarían
conformes. El general asintió enseguida, tranquilo, pensando
que respiraría sin preocupaciones su mar de la Marina. Resolvió
la visa en un abrir y cerrar de ojos, consiguió el vuelo, le
compró el pasaje y además le dio los cinco dólares que aún Ulises
carga en su vieja billetera.
El general no puso ninguna condición, Gloria sí. Ella podría
vivir, quizá, haciendo un esfuerzo sin comer langosta, pero no sin
Ulises y su compañía. Ulises lo había prometido, Gloria se uniría
a él en Miami aunque el general Morciego muriera de un ataque
al corazón
Ulises, el hijo de Martín el pescador, por primera vez en su
vida vio el mar desde arriba. Llegó a Miami en el avión. Al principio
llamaba todos los días a Gloria y le juraba amor para siempre,
como si estuviera sentado bajo la Ceiba del Parque de la
Fraternidad, y se endeudaba con unos primos con las cuentas
del teléfono, y lo que ganaba limpiando las piscinas no le alcanzaba
para conversar tanto.
Gloria empezó a desesperarse. Al padre lo habían mandado
para una misión al extranjero y al mes lo devolvieron sin el
grado de general. Ya no puede ir a comer langostas a Marina
Hemingway. Ahora está convencida que las estrellas de los generales
no van a salvar la patria.
Ulises no tiene como llamarla y Gloria necesita, al menos,
escucharlo. La muchacha pasa días enteros frente al teléfono y
por la noche duerme con la mano sobre el auricular.
El Toyota azul y blanco con el cartel donde se lee Pool
Cleaning, avanza por una avenida de Coral Gables, se parquea
frente a la mansión de los sueños de Ulises, y como los sueños a
veces se cumplen, Ulises limpió la última piscina de su corto trabajo.
Verónica Arellano, una mexicana millonaria y divorciada,
quería los servicios particulares de Ulises y la primera vez fue
bañándose en la última piscina que él había limpiado. Ulises no
volvió a atravesar Miami en el camión Pool Cleaning, se olvidó
hasta de su obligada diabetes porque ahora comía toda la carne
que quisiera y sin libreta de abastecimiento. En La Habana, el
teléfono de Gloria no sonó más.
Esa tarde Martín el Pescador llega al muelle de Cojímar,
descarga las langostas que no come y que seguro irán a parar a la
barriga de cualquier general. Ata su bote, baja todo lo que debe
dejar en tierra y se va a entregar a la administración de la pesquera
sus langostas con cabeza y todo.
Gloria vigila a Martín, ella está con sus amigos bajo unas
palmeras. Con sus mochilas y entre tragos fuertes esperan que
sea de noche. Es luna menguante, hay poca luz en el muelle.
Gloria Morciego y los demás casi a rastras van hacia el bote de
Martín. Gloria piensa en lo que hubiera querido hacer Ulises y lo
que tiene que hacer ella porque ahora su padre ya no tiene barritas
de general, ha regresado en castigo y ya no mueve mares y
montañas.
Protegidos por la escasa luz de la luna, en absoluto silencio,
quizá más por miedo que por precaución, Gloria y sus amigos
llegan hasta el bote. Se suben uno a uno, lo desatan, roban el
bote de Martín el pescador.
Reman despacio. Se alejan de la costa. Dudan si encender
el motor. Temen alertar a los guardacostas. En sus cabezas retumban
las descargas que hace unos días estremecieron a Gloria
y que le habían hecho tomar la decisión de no esperar la llamada
de Ulises. No importaba entonces correr la misma suerte que
ellos, los que días antes se habían querido fugar en la lanchita de
Regla y en ese intento por llegar a Miami, se encontraron de frente
con el paredón de fusilamiento.
Al perder de vista la costa, uno de los jóvenes acciona la
cuerda para prender el motor y se escucha un lamentable sonido.
El motor arranca, pero no avanza. El bote no tiene propela.
Ahora Gloria se da cuenta. Martín en la tarde, entre langostas
había bajado la propela. Así el padre de Ulises se sentía seguro
de que su bote nadie se lo llevaría. Los jóvenes pensaban en
tantas propelas de bronce que los pescadores de Cojimar donaron
cuando la muerte de Hemingway para la estatua del escritor
al lado del mar. Al menos si tuvieran una de esas hélices de bronce,
el bote echaría a andar rápido. En ese instante a los jóvenes
no les interesaba que a la estatua le pudiera faltar una oreja, ni
que a Hemingway lo confundieran con Van Gogh. La suerte hubiera
sido tener una propela aunque fuera la oreja de Hemingway.
Tenían que remar si querían llegar a la Florida. Remaron.
Estaban preocupados por los guardacostas, pero nunca aparecieron.
Los que merodeaban el barco eran unos tiburones que se
preparaban para la cena. Un rato más tarde se fueron, tal vez
buscando una frágil balsa donde podían pedir a la carta.
Ahora surgía un nuevo miedo. Todos miraban para el cielo.
En cualquier momento aparecerían las avionetas del gobierno y
les podían lanzar sacos de arena para hundirlos.
El barquito parece de papel, la ola como una madre lo abraza,
lo acuna en su regazo y luego lo lanza por los aires de manera
desalmada. Se vienen los vómitos, se pierde algún remo, uno de
ellos cae al mar, comienzan a buscarlo, gritan desesperados...
“¡David!”... “¡David!...” David no responde, dirigen la luz de la
linterna al mar y una ola arrebata la única lumbre, rezan en coro.
En ese instante Gloria descubre que el mar y sus lágrimas
saben igual. Gloria trata de calmarse, pero el mar sigue colérico,
alguien sugiere que se amarren al bote y Gloria, como buena hija
de militar, es la única que cumple la orden.
Reman. Uno de los remos golpea con algo duro y no saben
si es el cuerpo muerto de David o la aleta de algún tiburón. No
hay luna. La tempestad no se calma.
Amanece. Gloria recobra el sentido en el hospital Jackson,
del Down Town. La habían encontrado en la playa, ya con severos
síntomas de deshidratación, quemada por el sol y el salitre.
Sola. Atada al bote. Gloria Morciego estaba en arena norteamericana
y tiene derecho a la residencia. En la casa de Ulises el
teléfono empieza a timbrar.








Bogotá, 18 de diciembre del 2006
Aquí (Que vergüenza Félix B. Canet) Aquí, en este instante
disparatado… Empezó esta nueva telenovela Cubana…

sábado, 20 de diciembre de 2008

Un Cubano Cuenta (La Muerte del Gato





La Muerte del Gato.


Lilo Vilaplana

Porque esta historia habita en mi memoria, tan cierta como la muerte de Raúl Guerra rodando por unas escaleras, como la ¿ingeniosa? despedida de Armando Ventolera, y la ausencia del tiempo que habitaba en los relojes que desarreglaba Cristino.




___________________________________________________

–¡Hijo e’ puta…! ¡Se me escapó otra vez…!

Dice el joven Camilo, empujando la puerta del cuarto con barbacoa donde vive con su tío Raúl en La Habana Vieja. Raúl, que está reparando el horno de la cocina que tupió el óxido, deja el alicate a un lado y sube rápido por las escaleras hacia su habitación mientras susurra:

–¡A esa vieja la jodemos hoy sea como sea!

Tres segundos más tarde aparece de nuevo Raúl con la escopeta en una mano y la caja con municiones en la otra.

–¡Con esto sí acabamos con Delfina!

Asegura Raúl y luego con tres largas zancadas llega al fregadero con platos sucios de varios días, escupe, abre la llave, no hay agua. Entre los calderos encuentra una bayetilla, que alguna vez fue roja, y comienza a quitarle el polvo a la escopeta.

Del pasillo llega el eco de unos pasos cansados. Raúl esconde la escopeta en unas cajas amontonadas en un rincón del pequeño comedor.

Camilo corre a cerrar la puerta. Si los cogen con un arma pueden buscarse un problema. Hace dos días que fusilaron al general Ochoa y a Tony de la Guardia y como se dice en Cuba, “en el barrio la cosa está en candela”.

En ese instante escuchan el silbido característico que delata a su amigo Armando. El tío y el sobrino se relajan. Armando



aparece en el umbral, con la risa de siempre y con su quijada torcida por una temprana embolia. Armando Ventolera es un hombre alto, con unas largas ojeras que amenazan por escurrirse hasta más abajo de sus cachetes.

El inventario personal de Armando Ventolera es terrible-mente variado. Un hijo que se escapó en balsa y nunca más supo de él, no sabe si habita dentro de algún tiburón en el estrecho de La Florida o se pasea en un descapotable rojo por las calles de Miami. Yanara, su hija, es una jinetera que los visita una vez al mes. Fabián, el más pequeño de sus hijos, nació con síndrome de Down.

Camilo nunca ha entendido. Armando con tantos líos arriba, cuenta chistes, habla mal del gobierno, y siempre se está riendo. Ventolera saca de su bolsillo un dólar y se lo lanza a los pies de Raúl.

–Busca una botella que se nos arregló la tarde. Hoy vino por la casa Yanara y me dejó diez fulas…

Raúl recoge el billete y sonríe pues ya se imagina bebiendo con el sobrino y el amigo, escucharán por la radio “La Tremenda Corte” con Tres patines y Nananina, la señal les llegará por Radio Martí…Y se repetirá el mismo chiste:

–“Quítale la antena al radio y pónsela al refrigerador para coger la carne de afuera”… y se reirán, como siempre.

–Pero como no hay carne adentro, hoy nos vamos a comer el gato de Delfina y mañana será otro día.

–Ya termino de arreglar el horno, mientras tanto ustedes vayan a cazar al gato. –Agrega Raúl a la vez que le pasa el arma a Camilo.

Camilo carga la escopeta. Armando los mira y luego su vista se posa de manera extraña en las vigas que sostienen la rústica barbacoa del cuarto. Después va y prende la radio y empieza a ubicar en el dial la señal de Radio Martí.



Ahora Camilo sale al pasillo. Ve a Delfina que cruza desde la escalera de entrada, hacia su cuarto. Él observa como camina la vieja dando tumbos a un lado y a otro, como aquellos viejos muñecos de base circular. Tiene las piernas encorvadas, y da la impresión que la pusieron a caminar antes de tiempo. Delfina tiene unos 70 años, y es fidelista a morir. Vive pendiente de todo lo que pasa en la vecindad para ver a quien le trae la policía.

Ya Cristino, otro amigo del barrio, está a punto de salir de la cárcel. Está preso por culpa de esta vieja lengüilarga que fue con la información a la policía, dijo que Cristino tenía dólares ilegales y era cierto. Ya el dólar está despenalizado en la Isla, pero Cristino sigue preso, y sus dos hijos huérfanos de padre.

Delfina se pierde hacia su cuarto. Camilo mira a todos la-dos. Aparece el gato ante su vista, el gato se trepa en la baranda. Camilo esconde la escopeta. Espera. A esta hora de la mañana la gente trabaja. Únicamente en el solar está “Delfina lengua brava” y ellos, que no quieren trabajar para el gobierno. Es fácil acabar con el gato. Camilo ahora no puede fallar.

Adentro, Raúl termina de arreglar el horno, Armando ya tiene lista la emisora. De repente suena la musiquita de “Radio Casualidad”, como llaman a Radio Martí porque todo el mundo se justifica diciendo “anoche lo escuché por casualidad en Radio Martí”.

Camilo ha llegado hasta un cuarto destartalado, donde tienen guardado todo lo inservible que algún día, de todos modos, no van a usar. Pero en la Isla es importante guardar, y la verdad nunca voy a entender por qué se guarda tanta porquería en Cuba. Camilo está apostado ahí, tiene al gato en la mira. El gato empinado camina como un trapecista sobre la destruida baranda del pasillo. De repente el silbido de la bala y el gato que se desploma sobre la baldosa.

Delfina se asoma. Camilo esconde la escopeta y se oculta. Raúl sale de su cuarto y ve a Delfina que avanza por el pasillo que une toda la cuartería. En ese momento el gato yace en el


suelo y es el centro del espectáculo. Raúl se alegra ahora que Delfina tenga la lengua larga, el oído corto, y que sea miope. Es la gran ventaja, pues le da tiempo a pararse junto al gato, patearlo disimuladamente hacia atrás, donde lo recibe en la puerta Armando Ventolera y lo esconde, mientras Delfina llega hasta Raúl y le pregunta…

–Raúl mijo, ¿has visto a Musi?

–No, hace días que no veo al gato –Responde rápido mientras da la espalda y se dirige de nuevo hacia su cuarto –Si lo veo te aviso, Delfina…

La primera parte de su venganza contra Delfina está cumplida. Ahora falta la segunda parte: ¡comerse el gato!

–Musi, Musi, Musi…

Va diciendo Delfina dando tumbos de un lado a otro mientras se aleja buscando al gato.

–Voy a mandar a Camilo por la de Ron y nosotros vamos adobando a Musi.

–Tú sabes que soy tremendo cocinero… –Le recuerda Armando a Raúl.

Entra Camilo gozoso y escondiendo la escopeta dice:

–Yo quiero descuerarlo… ya le tenía odio a ese gato comunista…

Raúl le responde con una sonrisa amable a su ocurrente ingenuidad. Luego va hasta el fregadero. El agua aún no ha llegado:

–Seguimos sin luz y sin agua, no sé hasta dónde carajo nos va a llevar este cabrón.


Coge un jarro sucio, va hasta los tanques de agua del pasillo, lo llena y lo trae. Preparan todo y en treinta minutos el gato está limpio, adobado, el horno precalentado y el gato en la parrilla.

–Vamos a buscar el ron que ya Armando se ocupa de asarlo, no te olvides que fue chef de la Bodeguita… –dice Raúl, cogen el dólar, y él y Camilo bajan por la escalera. Al fondo escuchan la angustiada voz de Delfina buscando afanada su gato.

–Musi, Musi, Musi

Cómplices Camilo y Raúl, mientras cierran la puerta de entrada a la vecindad, se ríen. Van por las calles de La Habana Vieja, tratando de buscar una botella de ron clandestino. La gente dice que la cosa está mala, que no hay. Por fin llegan al palacio del mercado negro: la casa de la familia de Cristino, el amigo preso.

A Raúl y a Camilo no les gusta ir por la casa de Cristino, porque les parte el alma ver a esos muchachos y su madre tratando de salir adelante y para sobrevivir venden hasta un hueco. Se encuentran con los hijos de Cristino que tienen también ron en la lista de su mercado negro y le compran una botella.

–Sí, un litro… ¿Y el viejo? –Les pregunta Camilo.

–Ahí… –Un ahí que significa jodido.

–¡Ni numismático se puede ser en Cuba! –Dice irónicamente el tío Raúl, para no hacer más pesada la situación, esconde la botella. Se desprende dolorosamente del dólar y se alejan del lugar.

–¡Lo logramos! Le vamos a comer el gato a esa vieja.

–La verdad que el animalito no tenía culpa, pero tampoco la familia de Cristino…


–Ahora llegamos, revisamos el horno, seguro ya está doradito.

–Hace tiempo que no como carne, me va a saber a conejo…

–Y le brindamos a Delfina, le decimos que lo compramos en El Conejito…

–¡Ni en ese restaurante ya venden conejos…!

–Entonces le decimos que me lo mandó mi mamá del campo y como la otra vez le dimos puerco asao, de aquel pernil de cerdo que nos mandó…

–Y casi nos echa a la policía por el olor… hasta que la llamamos y le brindamos…Ahí sí que no jodió más.

–Sí, sí, pero no al principio, para que no nos joda la charla, ponemos Radio Martí, nos metemos par de tragos, nos comemos el gato y le guardamos una posta…

–Lo que hay que desaparecer es la cabeza, nos buscamos un lío donde sepan que le matamos el gato a la presidenta del comité.

Por la acera contraria pasa un carro de policía.

–¡Ahí viene la fiana…!

Raúl esconde la botella, y como está a tres puertas de su casa aprieta el paso. La policía pasa despacio. Ellos evitan la mirada de los esbirros. La patrulla se detiene. Ellos no miran para atrás.

–¡Ey, compañeros…!

Escuchan como un regaño la voz del policía a sus espaldas…

–¡Vengan!



Los dos hombres se han detenido. Como Raúl es quien tie-ne la botella, el que rápido se gira es Camilo y va hacia ellos.

–Sí, combatiente… Dígame…

Uno de los policías bosteza con indiferencia. El otro se ríe como una hiena y mira hacia Raúl que ha quedado más retirado.

–Usted igual, acérquese.

Raúl está parado frente a ellos. Con una maniobra magistral ha pasado la botella desde el brazo hasta la espalda y la apoya contra la pared. Si se mueve un centímetro caerá el litro al suelo. Aparece Delfina por la puerta de entrada de la vecindad y corre hacia los policías mientras les dice:

–Yo fui quien los llamó, les tengo el dato.

Camilo queda estupefacto. Raúl inmóvil junto a la puerta de entrada y la botella que se le resbala por su espalda despacio, la aprieta fuertemente.

–Ya se quienes son los que tienen el contrabando de ron en el barrio. –Les dice Delfina que camina, como siempre, dando tumbos de lado a lado, hacia la patrulla.

–Si, Delfina, venga.

–¿Y los conoces a ellos? –Pregunta el que maneja la patrulla.

Delfina los mira como en cámara lenta. La botella está a punto de caer rodando entre la espalda de Raúl y la húmeda pared. Camilo le lanza una señal de súplica a Delfina y ella vuelve a mirarlos a los dos.

–Son mis mejores vecinos. Buenos muchachos… lo malo es que son amigos de la familia de Cristino, el relojero delincuente ése. ¡Ah… precisamente vamos para su casa que sus hijos son los que venden el ron!



Raúl está sudando, pegado a la botella que amenaza con destruirle la columna vertebral. Camilo tiene lágrimas de odio en los ojos, Raúl sabe que Delfina se está vengando de Cristino porque un día le dijo en medio de la calle que ella era una vieja insatisfecha, cochina, hija de puta y chivata, y ella le está cobrando las risas que vinieron de todos los balcones de la Habana Vieja.

Delfina ya está dentro de la patrulla. La patrulla arranca y Camilo corre hacia Raúl para que no se le resbale la botella. Ya todo ha pasado.

Raúl sabe que van a llevarse presos a los hijos de Cristino y nada puede hacer. Además ellos fueron los últimos que le compraron el ron prohibido. De ahora en adelante, ellos también tendrán fama de chivatos en el barrio. Si al menos tuvieran teléfono, podrían avisarles a los hijos de Cristino.

Camilo y Raúl van hacia la puerta de su vecindad. Por lo menos se comerán el gato, y ahora no una, sino que le brindarán dos postas a Delfina, les dirán que es conejo, se vengarán de ella, se tomarán la botella de ron con Armando Ventolera, escucharán Radio Martí, y hablarán, bajito, mal de Fidel. Suben uno a uno los escalones, llegan al pasillo. Raúl, apura el paso, agitado llama a Armando Ventolera.

–Armando, Armando… corre, mi hermano, van a joder a los hijos de Cristino… Armando…

De un manotazo Raúl abre la puerta y queda inmóvil, desconcertado, pálido. Armando se balancea, Armando Ventolera se ha despedido para siempre ahorcándose de una de las vigas del techo.

Raúl no puede creerlo. Camilo observa que en el rostro del amigo, que pende de la cuerda, todavía se dibuja una rara sonrisa por la última broma que acaba de hacerles. En el horno, de escaso gas, el gato se va quemando poco a poco.


Bogotá, Colombia abril de 2006

martes, 16 de diciembre de 2008

Lilo sigue Contando ( Gumara. Una historia de amor )















Gumara.
Lilo Vilaplana
Bogota, enero del 2007





A mis amigos médicos cubanos de este exilio:
Guido, Almira, Dany y el imprescindible Modesto.
Ellos que han padecido mis neurosis
y regulado mi presión... arterial y de trabajo







Llueve y Joaquín se queda sin planes para esa tarde. La
Habana se vuelve fría y ausente. Así y todo la gente no se queda
en casa.
Joaquín se muere por un helado, pero la cola en Coppelia
está muy larga ¡ni que lo regalaran! La opción es ir a casa de su
amiga Silvia, pero ella vive en La Habana del Este y Joaquín no
cree que le dé tiempo. El viaje, en verdad, es cuestión de veinte
minutos, el lío es que pase la guagua, bien bien, uno puede echarse
unas dos o tres horas esperando que llegue tanto para ir como
para regresar.
Definitivamente no irá a casa de Silvia. Tiene hora límite
para llegar a su casa, bueno a la casa de su tío Mario, que ha sido
muy claro que si no llega antes de las once, se queda a dormir en
la calle. Que no hay manera que su tío Mario entienda que empatarse
una guagua es como cogerle la nalga a la luna.
Suerte que llega al fin la guagua, ya van tres horas en la
parada, Joaquín ya no tiene opción, tiene que irse para casa de
su tío en Marianao. Busca en sus bolsillos y saca unas monedas,
exactas para el pasaje, menos mal que desistió de ir a casa de
Silvia.
La guagua echa a andar. Joaquín va dormitando. Los baches
en la calle no le molestan, la guagua se detiene bruscamente.
Joaquín se despierta sobresaltado. Se calma un poco cuando
ve a la muchacha solitaria que sube al ómnibus lleno de gente y
se para justo al lado de su asiento.
Le da pena con la joven. La mira a hurtadillas. Es hermosa,
Joaquín no sabe si es que va medio dormido, pero le parece una
alucinación. Rasgos muy marcados, ojos negros, pelo demasiado
lacio y oscuro, piel cobriza, labios húmedos, que despiertan
en Joaquín unos deseos insoportables de besar.
Joaquín echa una mirada a la guagua. Está repleta. Muchos
pasajeros van de pie. Pero nadie colgando por fuera como en las
horas pico. Duda por unos segundos, si le ofrece su asiento, le
tocará a él ir parado, pero ¡coño…! Si no se lo da, cargará por
toda la eternidad con ese sentimiento de culpa. Al fin, se decide
y se para, rozando el cuerpo cobrizo, un ligero temblor le recorre
todo el cuerpo, sin separarse le dice al oído:
–Te ves cansada… siéntate.
Como si la muchacha estuviera esperando la oferta, sin darle
chance a Joaquín para que se separe, ella se mueve hacia el
asiento y los dos cuerpos quedan pegados, pero ella se separa y
se sienta. Al pasar por delante de él, y casi cuando va a sentarse,
la muchacha le toma una mano y lo hala hacia ella.
–Ven, te doy la mitad del asiento… tú también te ves cansado.
Joaquín no sabe si la voz le suena a princesa. Si ahora este
roce permanente de cuerpo y cuerpo le está alborotando las hormonas.
Los labios de ella carnosos y apetecibles, que se mueven
diciendo cosas, y que él no alcanza a escuchar. Lo cierto es que
el hombre siente que si aún no ha entrado al paraíso, está cerca.
El se acomoda con gusto en el espacio que la joven le abre en su
asiento. Ella lo mira con sus ojos negros y le regala una sonrisa.
Para Joaquín, el mundo se vuelve una burbuja de aire donde
caben él y la joven de piel cobriza.
–No eres de La Habana ¿verdad?
–No –y lo dice con un gracioso gesto de labios, nariz y ojos.
–¿Adivino…? –y los dos se ríen sin importarles las miradas
curiosas de los demás- ¡Ya sé… eres de Oriente!
–¿De la China? –y ahora sueltan una carcajada a la vez. La
joven asume cierta seriedad.
–No. Soy nicaragüense. Soy doctora y estudio en tu país.
–¿Y no has pensado quedarte a vivir aquí?
–Depende.
–¿De qué?
–De las propuestas que me hagan –y lo dice más con sus
ojos negros y rasgados que con su voz.
Ahora Joaquín no tiene dudas, no llegará antes de las once
a casa de su tío Mario y en verdad no le importa dormir en la
calle. Es más, lo está deseando ardientemente.
Con dos botellas de Flor de Caña que compran en el Potín
de Calzada llegan a La playita de 16. Joaquín recita los versos
del Poema 20 de Neruda, ella los escucha con atención y dice a
una voz con él “puedo decir los versos más tristes esta noche…”.
No terminan el verso, se besan. La poesía queda flotando en el
aire, se estrella contra el diente de perro, que no deja pasar el
mar que los rodea.
Hacen el amor y se duermen. Quedan ahí, entre las rocas,
la brea y el aceite quemado que destilan los buques y recala en la
costa. Felices, plenos.
En la orilla de la playa todo es silencio y soledad. Están en
medio de una inmensa corona de diente de perro a diez metros
de las olas que rompen contra las rocas. Llega el cansancio por la
jornada de amor, el sueño y también llega el día. Joaquín se
despierta con el sol y ella con la pregunta de Joaquín:
–¿Cómo te llamas?
–Amaranta Buendía ¿Y tú?...
–El conde de Montecristo… - Le dice Joaquín riéndose y
ella lo mira serio…
–Joaquín, me llamo Joaquín Mejides.
Pero ella no rectifica su nombre y a Joaquín le parece que se
llama Amaranta, la mira sonriente, la atrae hacia él, la besa y le
susurra al oído.
–Amaranta preciosa… así es como deberías llamarte.
Al frente, el mar. A un costado, unos arbustos de uva caleta;
al otro lado, el diente de perro. En el mar, unos veleros navegan
placidamente. Unos jóvenes, a lo lejos, simulan estar de pesca
flotando en inmensos neumáticos de camiones. Esos también se
van a ir. Ella sigue mirando el paisaje. Al volver el rostro hacia
atrás, descubre los altos edificios que custodiaban en silencio el
romance de la noche anterior, pero ahora están con los balcones
llenos de vecinos que, sonrientes, observan su desnudez. La pareja
está vistiéndose porque escuchan la sirena de la policía que
viene hacia el lugar. Ya los del comité avisaron del espectáculo y
desde todos los balcones los que disfrutaban antes, ahora chiflan
y gritan improperios. Tienen que huir rápido del lugar.
Ya están lejos de los insultos de la gente y la persecución de
la policía. Se ríen del incidente, de la locura. Luego el silencio.
Ella lo invita a comerse algo en la cafetería del teatro Karl Marx.
Joaquín la mira serio:
–¿De veras te llamas Amaranta Buendía?
–¿Qué crees? –Ella levanta los hombros como diciéndole
“como quieras”.
Después de ese día se encontraron unas seis veces más. Iban
al cine Yara a ver alguna película rusa, se comían un pollo en el
Pio Pio, o disfrutaban de una pizza en La Piragua. Una noche
fueron a escuchar al ronco José Antonio Méndez cantando “Novia
Mía” al Pico Blanco. Joaquín la recogía en cualquier lugar
que ella le indicaba, paseaban, se besaban, alguna que otra vez
hacían el amor en una destartalada posada y luego la llevaba
feliz en la parrilla de su bicicleta hasta el albergue de los médicos
extranjeros. Hablaban de sus países, de su futuro, y de la incontrolable
felicidad que mágicamente los envolvía.
Pero aquella tarde, Amaranta no apareció. Joaquín fue en
su bicicleta china hasta su albergue y ya no estaba. Preguntó por
Amaranta y le dijeron que en este momento se estaba yendo
para Managua en un vuelo de emergencia que confirmaron a
última hora.
Joaquín sube a su bicicleta, pedalea duro hasta el aeropuerto.
Luego de insistirle mucho a un amigo policía aeroportuario, lo
deja pasar hasta los vidrios que separan, irremediablemente, al
que se queda del que se va. De lejos, ve cuando ella sube al
avión por las escalerillas, sin despedirse, sin ni siquiera saber que
Joaquín está tras esa gran pecera, sin poder gritarle todo lo hermoso
que fue el encuentro y lo enamorado que está de ella, que
volviera que él la estaría esperando siempre… Joaquín agita sus
manos, pero es inútil. Cierran la puerta del avión y en pocos
minutos despega para Nicaragua.
Pasaron tres meses. Ya Joaquín vive en un cuarto solo, sin
una nueva mujer, ni siquiera tiene una foto de Amaranta. Aquella
tarde se estaba tomando unas cervezas a granel que compraron
en unos galones en La tropical con dos de sus amigos, Juan
Carlos y el Flaco.
Joaquín cocina unos tostones de plátanos burros bien verdes
dentro de una rancia manteca de cerdo. Tocan a la puerta.
–Abran ahí…que si no esta mierda se quema… –Grita Joaquín
desde la cocina…
El flaco en par de zancadas llega a la puerta y la abre.
–Por favor, busco al señor Joaquín… Vengo de Nicaragua…
El Flaco no tiene que llamarlo, Joaquín con tres saltos llega
a la puerta, está seguro que es Amaranta, y ya no le importa que
se quemen los plátanos.
–Traigo un encargo para usted.
La joven, parada en la puerta con la piel cobriza y los ojos
negros de Amaranta, lo mira. No es la sonrisa de Amaranta. No
son los labios húmedos de sus recuerdos.
La joven le extiende un pequeño paquete envuelto en un
papel de flores. Joaquín no encuentra respuestas en los ojos de la
muchacha. No hay palabras. Sólo unas lágrimas que se asoman
y que la nicaragüense intenta frenar. Ella le da la mano y dice
bajito:
–Gumara Molina lo quiso mucho.
La mujer da la vuelta y se marcha por el oscuro pasillo.
Joaquín rompe el papel de flores y se queda con un libro de
portada descolorida “Cien años de Soledad”, lo abre y se tropieza
con la dedicatoria “Para mi Conde de Montecristo, desde Nicaragua:
La capitana Amaranta.”
Joaquín mira el libro. Cierra la puerta, llega a la cocina, y
descargando toda su rabia, lo lanza por una pequeña ventana. El
viento se encarga de deshojarlo antes de que llegue a la calle.

Bogotá, Colombia, enero de 2007

martes, 9 de diciembre de 2008

Diario de un Cimarron

Diario de un Cimarron
Miguel Barnet




Del destacado escritor cubano Miguel Barnet, recoge el inapreciable testimonio ofrecido al autor por Esteban Montejo, quien fuera esclavo, luego señor del monte intrincado donde se refugió después de escaparse de la dotación de un ingenio para incorporarse más tarde como mambí en la Guerra de Independencia de Cuba contra España.
La riqueza de las anécdotas de este cimarrón de nacimiento, como así lo confiesa, nos permite conocer cómo fue la vida en la esclavitud, los barracones, los ingenios, el monte, la abolición y la lucha contra los colonialistas en el siglo XIX.
Es tan sobrecogedor este testimonio que en cada página crece el interés del lector por descubrir nuevos detalles y al final de su lectura, se experimenta una sensación de deseo por conocer más acerca de la excepcional narración.
Quizás cuando Miguel Barnet seleccionó y escribió esta grandiosa y mágica Biografía de un Cimarrón, por la que le damos las gracias, quedaron otras anécdotas que bien pudieran transformarse en bálsamo a nuestra curiosidad:
El siguiente pasaje, narrado por Esteban Montejo: esclavo, cimarrón y bravo soldado por la libertad de nuestra querida Patria, es una muestra de la inteligencia, espíritu avispado y valentía de aquellos bravos mambises.
“Perdí el caballo, las riendas, la montura…Fui con Juan Fábregas, que había estado conmigo toda la guerra. Juan y yo acordamos hacer una operación en el fuerte de los españoles, para sacar dos caballos y llevárnoslos. Al llegar cerca vimos que aquello, la entrada y la cerca, estaban llenas de perros. Nos quitamos la ropa para que los muy cabrones no olfatearan. La dejamos en una romana que había cerca como a tres o cuatro cordeles de allí. Teníamos que cargar con esos caballos para no terminar la guerra a pie.Caminamos poco a poco y al llegar a las alambradas vimos al guardia. Parece que como éramos oscuros y estábamos desnudos no nos vio. Seguimos para alante por la misma puerta, pegados a la garita. El guardia estaba dormido. Agarramos dos caballos y a pelo salimos huyendo. Ni las velas nos hicieron falta. Mucha gente robaba con velas para espantar a los perros. Yo digo que esos animales no sirven de centinelas. Los gansos si. Si en un fuerte cualquiera había gansos nadie se atrevía a robar. Los gansos se usaban mucho en las casas particulares en tiempo de España, porque ahora han desaparecido.Llegamos al campamento y todo el mundo azorado nos preguntaba: Negros, ¿de dónde sacaron ustedes esos caballos?. Juan dijo: Del fuerte. Nadie contestó. A lo mejor no lo creyeron”.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Dulce Maria Loynaz

DULCE MARÍA LOYNAZ(1902-1997)







Gran dama de las letras cubanas del siglo XX, posee una destacadísima obra en prosa, entre la que sobresale Jardín (1951), que ella catalogó como "novela lírica". Sin embargo, la Loynaz es singular en las atmósferas elegíacas, como testimonia su (sin duda) mejor poema "Últimos días de una casa", publicado independientemente en 1958. Ha sido considerada como una de las principales integrantes del movimiento de poetisas hispanoamericanas del propio siglo, signado por las obras de Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni y Delmira Agostini. Los temas de amor le ofrecieron renombre por la personalidad de su acento íntimo.
Obra referencial: Loynaz, Dulce María: Poesía completa, prólogo de César López, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1993.

CEMENTERIO DE BARCOS
Echaron –no sé quién y no sé cuándo–El ancla al mar en esta orilla incierta.
Soy un barco inmóvil,y por tanto tiempo lo he sidoque he perdidola memoria de rutas y de puertos,la memoria de que una vez hendía el horizonte.
Ahora estoy aquí, quieto,en un lugar desconocido,sin otra compañía que otros barcosinmóviles también o poco hundidosen el agua aceitosa.
Padezco ya la lepra de los escaramujos,la nostalgia del mar que era mi patria,y hasta de lo que apenas conocí,la tierra.
Se fueron ya los que por dentrode mí, movíanse conmigo.
Estoy vacío, soy un barco muertoo sólo vivo en esta dura,pesada ancla que me amarra.
al légamo del fondo todavía.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Y el Cubano sigue contando (Nereida la Santera)

Nereida la Santera

Lilo Vilaplana






A mi madrina Lourdes,
que terminó de guiarme
en el camino de la Santería
que inició en mi vida la eterna
Nereida Pim Pam y Tam.







Un cubano cuenta....
.

Nereida Pim Pam y Tam era una vieja Santera de La Habana
Vieja. Vivía de bar en bar con una latica en la mano recibiendo
cualquier trago con alcohol que los borrachos le brindaban.
Ella en sus pocos momentos de lucidez me profetizó, a través de
los orishas, muchas cosas y siempre me pasaban.
Con Nereida Pim Pam y Tam yo me sentía seguro en cada
paso que daba, porque ella leía de manera impecable mi futuro.
“Patico florido, dime adiós donde vive madre de agua vivo
yo, madre de agua yo vivo en lo hondo…”.
Cantaba y bailaba la negra, en la esquina de O’relly y Aguacate
con su falda raída por el tiempo, sus añejas sandalias, su
boca risueña, con tufo de tabaco y ron, el pañuelo blanco en la
cabeza y su baile contagioso.
La gente la rodeaba, la aplaudían, y la coreaban. Los negros
descamisados, las jineteras que la miraban, sonreían, y seguían
de largo, porque de no sobrevivir como prostitutas, el otro
camino en la Isla es emborracharse para olvidarlo todo, o meterse
a Santero para atender y cobrarle algunos dólares a los extranjeros.
Nereida mezclaba los dos destinos. Nereida Pim Pam y
Tam era una santera que se emborrachaba todo el tiempo.
–“Soy chiquitico y vivo en lo hondo…”.
Seguía cantando Nereida.
Yo llegué al improvisado bembé, y ella dejó de danzar, se
paró seria y solemne en medio del círculo, colocó sus brazos en
jarra, sacó su pelvis adelante, parecía un borracho meando.

Me miró sonriendo con los cuatro dientes que sobrevivían
en su boca, luego de darle una larga bocanada al pedazo de
tabaco me dijo:
–Gaito… Menos mal que viniste… Vamos a bailarle a
Shangó…
Dos negros y un mulato sacaron del solar sendos tambores
y comenzaron a tocarle a Shangó, empezamos a bailar Nereida y
yo, la gente no se explicaba como un blanquito bailaba tan bien
a estos santos de la religión negra.
Ahí estaba yo bailándole al rey del rayo, al gran guerrero y
orisha de la virilidad. Nereida frente a mí, hacía círculos con la
falda, tenía como setenta años y la vitalidad de una chica de
quince. Se terminó la jornada y salimos para su casa.
Ya sin zapatos. Sentado frente a ella en el cuarto rodeado
por Eleguá, Yemayá, Osun, Oshún, Orula, Obbatalá, Oggún,
Yeguá, Oyá, Shangó, Babbalú ayé, Osaín, y todos los demás
Orishas del Panteón Yoruba, Nereida lanzó los caracoles que fueron
cayendo en diferentes formas sobre la estera. Me miró de
manera solemne, aspiró profundamente la última bocanada de
humo que le quedaba al tabaco y casi quemándose los labios
dijo:
–Ten cuidado, Gaito, que por andar detrás del culo de Cristina,
puedes parar en el tanque.
–¿Qué estás hablando, Madrina?
–Yo no he dicho nada, habló Oshún y tú eres hijo de Shangó,
Gaito, tú sabes que los hijos de Shangó siempre pasan por la
cárcel…Y lo malo no es que caigas la primera vez, sino que si
llegan a encerrarte una vez, nunca más vas a salir de la prisión.
Tú tienes que cuidarte Gaito, deja a esa hembra que por muy
lindas y grandes que tenga las tetas, no vale la pena quedar trancado
toda la vida por una mujer como ésa…

Salí de la consulta convencido que me alejaría de Cristina
para siempre. Pero el diablo es puerco y Cristina tenía las tetas
más lindas de La Habana. No pasó mucho tiempo hasta que caí
en tentación. Aquella noche Cristina llegó sin brasier, con esos
senos enormes que me apuntaban, parecían indicarme todas sus
ganas de sexo y no faltó mucho para que nos revolcáramos en mi
colchón en el piso. Sin velas, sin vino, sin hoguera prendida, éramos
dos animales sudorosos. Sus dos pezones grandes y rosados
los acaricié hasta el cansancio como si fuera la última vez. Y sí,
fue la última vez.
Nos estábamos recuperando del segundo orgasmo cuando
tocaron fuerte a la puerta. Marcial, el sobrino de Nereida, estaba
parado en el umbral de mi casa, llamaba a gritos a Cristina. Ahí
lo entendí todo. Nereida estaba manipulando el oráculo de los
caracoles para que su sobrino se quedara con Cristina. Todos
querían estar con ella. Cristina era la hembra más hermosa del
barrio, y sus tetas un sueño inalcanzable, un sueño que yo había
hecho realidad en varias ocasiones.
En ese momento odié a Nereida, que me estaba engañando
y yo confiaba ciegamente en ella y los Orishas, claro que los santos
no tienen la culpa de toda la mierda que hacen los mortales.
–¿Tú estás con Marcial, verdad Cristina…? ¡Tú andas con
ese tipo!
Mil veces me juró que no estaba con él, que ella era sólo
mía, pero no le creí hasta que nos vestimos. Ya parados frente a
Marcial, lo entendí todo.
–Te dije que no voy a salir con el francés ese, que no soy una
puta…que ni me busques, ni me jodas más.- Reclamó Cristina.
–Déjate de cuentos conmigo, Cristina, que todo el mundo
sabe que si tienes lo que tienes en tu casa fue porque se lo sacaste
al marido yuma ese que jineteabas…
–Oye lo que te voy a decir pedazo de Maricón…
Alcancé a decir antes de caer al suelo por el golpe que me
propinó Marcial. La boca se me llenó de sangre. Sentí con mi
propia lengua como flotaban los dos dientes sueltos.
De bruces en el suelo yo veía a Cristina. La veía muy borrosa,
discutía con Marcial, ya no escuché nada más. Se me antojó
la imagen de la negra Nereida revolcada de la risa sobre su estera
consagrada. También, desenfocados, iba viendo desfilar uno a
uno a los vecinos del barrio burlándose de mí. Fue cuando me
levanté del suelo y le di ese golpe tan fuerte a Marcial que cayó
de espaldas, golpeándose en la nuca con un escalón. Sus ojos
estaban muy abiertos y su cerebro y su corazón apagados para
siempre.
Ya enterraron a Marcial, ya le habían hecho su ituto, la ceremonia
que le hacen a los que mueren y tienen santo en la cabeza.
Se lo hizo su propia madrina Nereida. Su tía desde que me
condenaron no ha querido hablar conmigo, y Cristina dice que
no habla con asesinos. Marcial yace en su tumba y yo acabo de
ser enterrado en esta celda por ocho años.
Estoy libre de nuevo. Por las calles de La Habana Vieja ando
con una mochila al hombro y no sé para donde ir. Cargo dos
mudas de ropa y una carta que certifica que ya cumplí con la ley.
Salí después de pasar cuatro desconcertantes años, me bajaron
la condena por buena conducta.
Iba caminando por la calle Obispo, buscándole un rumbo a
mi nueva libertad y vi a Nereida en El Huevino, ella extendió su
vaso y le echaron un trago de vino con un huevo roto en su
jarrito de aluminio que todavía cargaba. Quise entrar, pero ya no
pude porque es con dólares.
Intenté hablar con Nereida Pim Pam y Tam. No me miró a
la cara. Por no haberle hecho caso al oráculo de los caracoles, se
cumplió la sentencia de Oshún, y me quedé sin Cristina y sin mi
madrina para siempre.
Yo, ya no pertenecía al barrio. Los amigos se habían ido, y
con ellos el recuerdo de este Gaito que estaba ahí parado, solo
frente al bar lleno de gente. Lloré por no bailarle a Shangó de
nuevo en la calle, delante de todos los descamisados de La Habana
Vieja.
Me dediqué a buscar trabajo. Pasé por todas las fábricas, las
construcciones, por cualquier empresa, pasé hambre y sueño. De
nada me sirvió el estandarte de exconvicto y de las posibilidades
que “somos iguales y que todos cometemos errores”.
Dormí en la Terminal de trenes y en jardines, escondido en
solares, en paraderos de guaguas, en frías funerarias velando a
un muerto desconocido. Medio dormí, medio comí, pedí limosna
y no conseguí trabajo. No pude más, fui a la plaza de la revolución,
me arrodillé frente a Martí y pedí con él, pedí trabajo,
libertad. Salí corriendo por toda la plaza gritando como un loco.
Ahora estoy preso de nuevo. Al menos tengo techo y algo
que le dicen comida, ya no por cuatro años como condenan a un
asesino. Ahora son veinte largos años sin rebaja de pena, por
cagarme en la madre de Fidel Castro.





Lilo Vilaplana
Bogotá, octubre de 2006



jueves, 27 de noviembre de 2008

Enrique De Lagardere




Enrique Lagardere o El Jorobado.
de Paul Feval


En Paris, en los ultimos dias del reinado de Luis XIV, el principe de Gonzaga pidio la mano de la hija del marques de Cailloux. Sin embargo, no sabia que ella habia tenido una hija en secreto con Felipe de Lorena el Duque de Nevers.
Enrique de Lagardere era el mas famoso y sanguinario espadachin de toda Francia. Adorado por todas las mujeres y temido por todos los hombres. Habia vencido con la espada a todos sus rivales, menos a uno, que lo derroto y se convirtio en su mejor amigo, Felipe de Lorena. Enrique de Lagardere se entera que ex compañeros de su legion fueron pagados por Gonzaga para asesinar a Nevers. Lagardere se opone y trata de evitar la emboscada, pero llega tarde.
Lagardere toma a la hija del Duque de Nevers, Aurora, y jura vengar la muerte de su mejor amigo. Despues de 20 años, Enrique de Lagardere se hace pasar por un sirviente jorobado del Principe de Gonzaga para reunir a Aurora con su madre y vengar la muerte de su padre.

martes, 25 de noviembre de 2008

Las Aventuras de Gali

Las Aventuras de Gali




Todos los domingos Desde el 26 de Octubre hasta el 7 de Diciembre, a las 11 de la mañana en Escena Colombia (Antiguo Teatro Santa Fe) Calle 57 No 17- 13, el grupo de Teatro Tabla Brava presenta : Las Aventuras de Gali.

Clasificación: TODOS



Género: INFANTIL



Duración1 HORA 10 MIN



Reparto:



JAIRO ORDÓÑEZ
ULISES GONZÁLEZ
GLORIA GONZÁLEZ
ALEJANDRA GLASSER
Galápago es una obra de teatro para niños con un claro mensaje para la humanidad. La historia inicia cuando vemos que la Abuela Jicotea se enferma a causa de la contaminación que está matando al río. Los hombres con los desechos de la fábrica destruyeron el ecosistema.La abuela jicotea le encarga a su nieto Gali, tres deseos que debe cumplir antes del amanecer: Un pedacito de cielo azul, una gota de rocío y una flor que jamás se muera. Gali se aventura a buscarlos, porque es lo único que puede salvar a su abuela.En esta travesía, el pequeño Galápago se encuentra con distintos personajes de los cuales aprende, de cada uno, enseñanzas distintas. El primer sitio al que llega, es a la tienda del Mercader Papagayo, en la que este personaje vende de todo, menos los sueños de la abuela jicotea.Luego, se deslumbra con la hermosura de La Gaviota Florista, ella entiende a Gali y quisiera hasta ayudarlo, pero no bastan las buenas intenciones.En su camino, Gali se sienta sobre un tronco de árbol que resulta ser un esquemático Cocodrilo Biólogo. Después de filosofar un poco, tampoco resuelve las expectativas del ingenuo Galápago, que sigue su camino.El Burro Aguador, cargado con todas las aguas de los distintos ríos del mundo es interceptado por nuestro héroe con carapacho, pero tampoco es la solución a su problema. En el viaje de Galápago aparece un cartel indolente, ya cansado que los hombres no le hagan caso y sumido en una pereza descontrolada, se ha vuelto muy permisivo. El cartel no puede ayudar a Gali, pero él si lo hace cambiar de opinión. Cuando todo parece perdido para el joven quelonio, surge en su aventura el alegre Cangrejo Barrendero que le devuelve, junto a los niños, la esperanza de vivir en un mundo sin contaminación. Corren al encuentro de la abuela jicotea. Entre todos limpian el río, le cantan a la vida y a un futuro mejor.Galápago es una hermosa puesta en escena de una obra didáctica, que tiene mucho humor, y sobre todo un mensaje actual y necesario.

Texto del Dramaturgo: Salvador Lemis Música: Alfredo de la Fe Escenografía y Jefe de Escena: Jairo Sanabria Vestuario y Utilería: María Fernanda García y Clara Delgado Asistentes de Dirección: Irasema Otero y Modesto Legón



PRODUCCION Y DIRECCIÓN: LILO VILAPLANA

 
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