martes, 16 de diciembre de 2008

Lilo sigue Contando ( Gumara. Una historia de amor )















Gumara.
Lilo Vilaplana
Bogota, enero del 2007





A mis amigos médicos cubanos de este exilio:
Guido, Almira, Dany y el imprescindible Modesto.
Ellos que han padecido mis neurosis
y regulado mi presión... arterial y de trabajo







Llueve y Joaquín se queda sin planes para esa tarde. La
Habana se vuelve fría y ausente. Así y todo la gente no se queda
en casa.
Joaquín se muere por un helado, pero la cola en Coppelia
está muy larga ¡ni que lo regalaran! La opción es ir a casa de su
amiga Silvia, pero ella vive en La Habana del Este y Joaquín no
cree que le dé tiempo. El viaje, en verdad, es cuestión de veinte
minutos, el lío es que pase la guagua, bien bien, uno puede echarse
unas dos o tres horas esperando que llegue tanto para ir como
para regresar.
Definitivamente no irá a casa de Silvia. Tiene hora límite
para llegar a su casa, bueno a la casa de su tío Mario, que ha sido
muy claro que si no llega antes de las once, se queda a dormir en
la calle. Que no hay manera que su tío Mario entienda que empatarse
una guagua es como cogerle la nalga a la luna.
Suerte que llega al fin la guagua, ya van tres horas en la
parada, Joaquín ya no tiene opción, tiene que irse para casa de
su tío en Marianao. Busca en sus bolsillos y saca unas monedas,
exactas para el pasaje, menos mal que desistió de ir a casa de
Silvia.
La guagua echa a andar. Joaquín va dormitando. Los baches
en la calle no le molestan, la guagua se detiene bruscamente.
Joaquín se despierta sobresaltado. Se calma un poco cuando
ve a la muchacha solitaria que sube al ómnibus lleno de gente y
se para justo al lado de su asiento.
Le da pena con la joven. La mira a hurtadillas. Es hermosa,
Joaquín no sabe si es que va medio dormido, pero le parece una
alucinación. Rasgos muy marcados, ojos negros, pelo demasiado
lacio y oscuro, piel cobriza, labios húmedos, que despiertan
en Joaquín unos deseos insoportables de besar.
Joaquín echa una mirada a la guagua. Está repleta. Muchos
pasajeros van de pie. Pero nadie colgando por fuera como en las
horas pico. Duda por unos segundos, si le ofrece su asiento, le
tocará a él ir parado, pero ¡coño…! Si no se lo da, cargará por
toda la eternidad con ese sentimiento de culpa. Al fin, se decide
y se para, rozando el cuerpo cobrizo, un ligero temblor le recorre
todo el cuerpo, sin separarse le dice al oído:
–Te ves cansada… siéntate.
Como si la muchacha estuviera esperando la oferta, sin darle
chance a Joaquín para que se separe, ella se mueve hacia el
asiento y los dos cuerpos quedan pegados, pero ella se separa y
se sienta. Al pasar por delante de él, y casi cuando va a sentarse,
la muchacha le toma una mano y lo hala hacia ella.
–Ven, te doy la mitad del asiento… tú también te ves cansado.
Joaquín no sabe si la voz le suena a princesa. Si ahora este
roce permanente de cuerpo y cuerpo le está alborotando las hormonas.
Los labios de ella carnosos y apetecibles, que se mueven
diciendo cosas, y que él no alcanza a escuchar. Lo cierto es que
el hombre siente que si aún no ha entrado al paraíso, está cerca.
El se acomoda con gusto en el espacio que la joven le abre en su
asiento. Ella lo mira con sus ojos negros y le regala una sonrisa.
Para Joaquín, el mundo se vuelve una burbuja de aire donde
caben él y la joven de piel cobriza.
–No eres de La Habana ¿verdad?
–No –y lo dice con un gracioso gesto de labios, nariz y ojos.
–¿Adivino…? –y los dos se ríen sin importarles las miradas
curiosas de los demás- ¡Ya sé… eres de Oriente!
–¿De la China? –y ahora sueltan una carcajada a la vez. La
joven asume cierta seriedad.
–No. Soy nicaragüense. Soy doctora y estudio en tu país.
–¿Y no has pensado quedarte a vivir aquí?
–Depende.
–¿De qué?
–De las propuestas que me hagan –y lo dice más con sus
ojos negros y rasgados que con su voz.
Ahora Joaquín no tiene dudas, no llegará antes de las once
a casa de su tío Mario y en verdad no le importa dormir en la
calle. Es más, lo está deseando ardientemente.
Con dos botellas de Flor de Caña que compran en el Potín
de Calzada llegan a La playita de 16. Joaquín recita los versos
del Poema 20 de Neruda, ella los escucha con atención y dice a
una voz con él “puedo decir los versos más tristes esta noche…”.
No terminan el verso, se besan. La poesía queda flotando en el
aire, se estrella contra el diente de perro, que no deja pasar el
mar que los rodea.
Hacen el amor y se duermen. Quedan ahí, entre las rocas,
la brea y el aceite quemado que destilan los buques y recala en la
costa. Felices, plenos.
En la orilla de la playa todo es silencio y soledad. Están en
medio de una inmensa corona de diente de perro a diez metros
de las olas que rompen contra las rocas. Llega el cansancio por la
jornada de amor, el sueño y también llega el día. Joaquín se
despierta con el sol y ella con la pregunta de Joaquín:
–¿Cómo te llamas?
–Amaranta Buendía ¿Y tú?...
–El conde de Montecristo… - Le dice Joaquín riéndose y
ella lo mira serio…
–Joaquín, me llamo Joaquín Mejides.
Pero ella no rectifica su nombre y a Joaquín le parece que se
llama Amaranta, la mira sonriente, la atrae hacia él, la besa y le
susurra al oído.
–Amaranta preciosa… así es como deberías llamarte.
Al frente, el mar. A un costado, unos arbustos de uva caleta;
al otro lado, el diente de perro. En el mar, unos veleros navegan
placidamente. Unos jóvenes, a lo lejos, simulan estar de pesca
flotando en inmensos neumáticos de camiones. Esos también se
van a ir. Ella sigue mirando el paisaje. Al volver el rostro hacia
atrás, descubre los altos edificios que custodiaban en silencio el
romance de la noche anterior, pero ahora están con los balcones
llenos de vecinos que, sonrientes, observan su desnudez. La pareja
está vistiéndose porque escuchan la sirena de la policía que
viene hacia el lugar. Ya los del comité avisaron del espectáculo y
desde todos los balcones los que disfrutaban antes, ahora chiflan
y gritan improperios. Tienen que huir rápido del lugar.
Ya están lejos de los insultos de la gente y la persecución de
la policía. Se ríen del incidente, de la locura. Luego el silencio.
Ella lo invita a comerse algo en la cafetería del teatro Karl Marx.
Joaquín la mira serio:
–¿De veras te llamas Amaranta Buendía?
–¿Qué crees? –Ella levanta los hombros como diciéndole
“como quieras”.
Después de ese día se encontraron unas seis veces más. Iban
al cine Yara a ver alguna película rusa, se comían un pollo en el
Pio Pio, o disfrutaban de una pizza en La Piragua. Una noche
fueron a escuchar al ronco José Antonio Méndez cantando “Novia
Mía” al Pico Blanco. Joaquín la recogía en cualquier lugar
que ella le indicaba, paseaban, se besaban, alguna que otra vez
hacían el amor en una destartalada posada y luego la llevaba
feliz en la parrilla de su bicicleta hasta el albergue de los médicos
extranjeros. Hablaban de sus países, de su futuro, y de la incontrolable
felicidad que mágicamente los envolvía.
Pero aquella tarde, Amaranta no apareció. Joaquín fue en
su bicicleta china hasta su albergue y ya no estaba. Preguntó por
Amaranta y le dijeron que en este momento se estaba yendo
para Managua en un vuelo de emergencia que confirmaron a
última hora.
Joaquín sube a su bicicleta, pedalea duro hasta el aeropuerto.
Luego de insistirle mucho a un amigo policía aeroportuario, lo
deja pasar hasta los vidrios que separan, irremediablemente, al
que se queda del que se va. De lejos, ve cuando ella sube al
avión por las escalerillas, sin despedirse, sin ni siquiera saber que
Joaquín está tras esa gran pecera, sin poder gritarle todo lo hermoso
que fue el encuentro y lo enamorado que está de ella, que
volviera que él la estaría esperando siempre… Joaquín agita sus
manos, pero es inútil. Cierran la puerta del avión y en pocos
minutos despega para Nicaragua.
Pasaron tres meses. Ya Joaquín vive en un cuarto solo, sin
una nueva mujer, ni siquiera tiene una foto de Amaranta. Aquella
tarde se estaba tomando unas cervezas a granel que compraron
en unos galones en La tropical con dos de sus amigos, Juan
Carlos y el Flaco.
Joaquín cocina unos tostones de plátanos burros bien verdes
dentro de una rancia manteca de cerdo. Tocan a la puerta.
–Abran ahí…que si no esta mierda se quema… –Grita Joaquín
desde la cocina…
El flaco en par de zancadas llega a la puerta y la abre.
–Por favor, busco al señor Joaquín… Vengo de Nicaragua…
El Flaco no tiene que llamarlo, Joaquín con tres saltos llega
a la puerta, está seguro que es Amaranta, y ya no le importa que
se quemen los plátanos.
–Traigo un encargo para usted.
La joven, parada en la puerta con la piel cobriza y los ojos
negros de Amaranta, lo mira. No es la sonrisa de Amaranta. No
son los labios húmedos de sus recuerdos.
La joven le extiende un pequeño paquete envuelto en un
papel de flores. Joaquín no encuentra respuestas en los ojos de la
muchacha. No hay palabras. Sólo unas lágrimas que se asoman
y que la nicaragüense intenta frenar. Ella le da la mano y dice
bajito:
–Gumara Molina lo quiso mucho.
La mujer da la vuelta y se marcha por el oscuro pasillo.
Joaquín rompe el papel de flores y se queda con un libro de
portada descolorida “Cien años de Soledad”, lo abre y se tropieza
con la dedicatoria “Para mi Conde de Montecristo, desde Nicaragua:
La capitana Amaranta.”
Joaquín mira el libro. Cierra la puerta, llega a la cocina, y
descargando toda su rabia, lo lanza por una pequeña ventana. El
viento se encarga de deshojarlo antes de que llegue a la calle.

Bogotá, Colombia, enero de 2007

4 comentarios:

Anónimo dijo...

un cuento triste y dulce con sabor cubano. Con olor a cafe, a monte.
un cuento q te hace recordar con tristeza como un exilio separo a tanta gente q amabamos
gente q quiza no veremos nunca mas.
no todo el mundo desaparecio en un avion o en nuestra memoria.
YA VEN........LINDO CUENTO LILO
ESO ES CUBA.besitos haymel de la vega

Roberto dijo...

Lilo,hermano mio! Me encantas tus historias. Me transportan a los lugares que describes. Un Cubano SIGUE Contando!!! Un abrazo,

Roberto Escobar

Martín Armenta dijo...

El amor duele, y la distancia mata; tanto al que se va, como al que se queda. Lilo, me siento orgullosos de contar con un amigo con tanto talento. En este cuento demuestras que además de la técnica, tienes lo más importante, la sensibilidad, el alma. Felicitaciones.

Ernesto Tapia Sanchez dijo...

Que decirte Lilo:

Me encanta lo que escribe me hacen llorar de nostalgia, la distancia nos mata , desde aqui de Miami es mucho mas complicado me has transportado a los lugares por los que tantas veces pase, y disfrute y baile, pero cuando leemos lo que haces me llena de alegria y de orgullo poder contar con un amigo como tu, tu pagina se la he enviado a mis gente de europa para que vean que un Cubano que cuenta hace y escribe cosas bellas,

 
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