sábado, 20 de diciembre de 2008

Un Cubano Cuenta (La Muerte del Gato





La Muerte del Gato.


Lilo Vilaplana

Porque esta historia habita en mi memoria, tan cierta como la muerte de Raúl Guerra rodando por unas escaleras, como la ¿ingeniosa? despedida de Armando Ventolera, y la ausencia del tiempo que habitaba en los relojes que desarreglaba Cristino.




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–¡Hijo e’ puta…! ¡Se me escapó otra vez…!

Dice el joven Camilo, empujando la puerta del cuarto con barbacoa donde vive con su tío Raúl en La Habana Vieja. Raúl, que está reparando el horno de la cocina que tupió el óxido, deja el alicate a un lado y sube rápido por las escaleras hacia su habitación mientras susurra:

–¡A esa vieja la jodemos hoy sea como sea!

Tres segundos más tarde aparece de nuevo Raúl con la escopeta en una mano y la caja con municiones en la otra.

–¡Con esto sí acabamos con Delfina!

Asegura Raúl y luego con tres largas zancadas llega al fregadero con platos sucios de varios días, escupe, abre la llave, no hay agua. Entre los calderos encuentra una bayetilla, que alguna vez fue roja, y comienza a quitarle el polvo a la escopeta.

Del pasillo llega el eco de unos pasos cansados. Raúl esconde la escopeta en unas cajas amontonadas en un rincón del pequeño comedor.

Camilo corre a cerrar la puerta. Si los cogen con un arma pueden buscarse un problema. Hace dos días que fusilaron al general Ochoa y a Tony de la Guardia y como se dice en Cuba, “en el barrio la cosa está en candela”.

En ese instante escuchan el silbido característico que delata a su amigo Armando. El tío y el sobrino se relajan. Armando



aparece en el umbral, con la risa de siempre y con su quijada torcida por una temprana embolia. Armando Ventolera es un hombre alto, con unas largas ojeras que amenazan por escurrirse hasta más abajo de sus cachetes.

El inventario personal de Armando Ventolera es terrible-mente variado. Un hijo que se escapó en balsa y nunca más supo de él, no sabe si habita dentro de algún tiburón en el estrecho de La Florida o se pasea en un descapotable rojo por las calles de Miami. Yanara, su hija, es una jinetera que los visita una vez al mes. Fabián, el más pequeño de sus hijos, nació con síndrome de Down.

Camilo nunca ha entendido. Armando con tantos líos arriba, cuenta chistes, habla mal del gobierno, y siempre se está riendo. Ventolera saca de su bolsillo un dólar y se lo lanza a los pies de Raúl.

–Busca una botella que se nos arregló la tarde. Hoy vino por la casa Yanara y me dejó diez fulas…

Raúl recoge el billete y sonríe pues ya se imagina bebiendo con el sobrino y el amigo, escucharán por la radio “La Tremenda Corte” con Tres patines y Nananina, la señal les llegará por Radio Martí…Y se repetirá el mismo chiste:

–“Quítale la antena al radio y pónsela al refrigerador para coger la carne de afuera”… y se reirán, como siempre.

–Pero como no hay carne adentro, hoy nos vamos a comer el gato de Delfina y mañana será otro día.

–Ya termino de arreglar el horno, mientras tanto ustedes vayan a cazar al gato. –Agrega Raúl a la vez que le pasa el arma a Camilo.

Camilo carga la escopeta. Armando los mira y luego su vista se posa de manera extraña en las vigas que sostienen la rústica barbacoa del cuarto. Después va y prende la radio y empieza a ubicar en el dial la señal de Radio Martí.



Ahora Camilo sale al pasillo. Ve a Delfina que cruza desde la escalera de entrada, hacia su cuarto. Él observa como camina la vieja dando tumbos a un lado y a otro, como aquellos viejos muñecos de base circular. Tiene las piernas encorvadas, y da la impresión que la pusieron a caminar antes de tiempo. Delfina tiene unos 70 años, y es fidelista a morir. Vive pendiente de todo lo que pasa en la vecindad para ver a quien le trae la policía.

Ya Cristino, otro amigo del barrio, está a punto de salir de la cárcel. Está preso por culpa de esta vieja lengüilarga que fue con la información a la policía, dijo que Cristino tenía dólares ilegales y era cierto. Ya el dólar está despenalizado en la Isla, pero Cristino sigue preso, y sus dos hijos huérfanos de padre.

Delfina se pierde hacia su cuarto. Camilo mira a todos la-dos. Aparece el gato ante su vista, el gato se trepa en la baranda. Camilo esconde la escopeta. Espera. A esta hora de la mañana la gente trabaja. Únicamente en el solar está “Delfina lengua brava” y ellos, que no quieren trabajar para el gobierno. Es fácil acabar con el gato. Camilo ahora no puede fallar.

Adentro, Raúl termina de arreglar el horno, Armando ya tiene lista la emisora. De repente suena la musiquita de “Radio Casualidad”, como llaman a Radio Martí porque todo el mundo se justifica diciendo “anoche lo escuché por casualidad en Radio Martí”.

Camilo ha llegado hasta un cuarto destartalado, donde tienen guardado todo lo inservible que algún día, de todos modos, no van a usar. Pero en la Isla es importante guardar, y la verdad nunca voy a entender por qué se guarda tanta porquería en Cuba. Camilo está apostado ahí, tiene al gato en la mira. El gato empinado camina como un trapecista sobre la destruida baranda del pasillo. De repente el silbido de la bala y el gato que se desploma sobre la baldosa.

Delfina se asoma. Camilo esconde la escopeta y se oculta. Raúl sale de su cuarto y ve a Delfina que avanza por el pasillo que une toda la cuartería. En ese momento el gato yace en el


suelo y es el centro del espectáculo. Raúl se alegra ahora que Delfina tenga la lengua larga, el oído corto, y que sea miope. Es la gran ventaja, pues le da tiempo a pararse junto al gato, patearlo disimuladamente hacia atrás, donde lo recibe en la puerta Armando Ventolera y lo esconde, mientras Delfina llega hasta Raúl y le pregunta…

–Raúl mijo, ¿has visto a Musi?

–No, hace días que no veo al gato –Responde rápido mientras da la espalda y se dirige de nuevo hacia su cuarto –Si lo veo te aviso, Delfina…

La primera parte de su venganza contra Delfina está cumplida. Ahora falta la segunda parte: ¡comerse el gato!

–Musi, Musi, Musi…

Va diciendo Delfina dando tumbos de un lado a otro mientras se aleja buscando al gato.

–Voy a mandar a Camilo por la de Ron y nosotros vamos adobando a Musi.

–Tú sabes que soy tremendo cocinero… –Le recuerda Armando a Raúl.

Entra Camilo gozoso y escondiendo la escopeta dice:

–Yo quiero descuerarlo… ya le tenía odio a ese gato comunista…

Raúl le responde con una sonrisa amable a su ocurrente ingenuidad. Luego va hasta el fregadero. El agua aún no ha llegado:

–Seguimos sin luz y sin agua, no sé hasta dónde carajo nos va a llevar este cabrón.


Coge un jarro sucio, va hasta los tanques de agua del pasillo, lo llena y lo trae. Preparan todo y en treinta minutos el gato está limpio, adobado, el horno precalentado y el gato en la parrilla.

–Vamos a buscar el ron que ya Armando se ocupa de asarlo, no te olvides que fue chef de la Bodeguita… –dice Raúl, cogen el dólar, y él y Camilo bajan por la escalera. Al fondo escuchan la angustiada voz de Delfina buscando afanada su gato.

–Musi, Musi, Musi

Cómplices Camilo y Raúl, mientras cierran la puerta de entrada a la vecindad, se ríen. Van por las calles de La Habana Vieja, tratando de buscar una botella de ron clandestino. La gente dice que la cosa está mala, que no hay. Por fin llegan al palacio del mercado negro: la casa de la familia de Cristino, el amigo preso.

A Raúl y a Camilo no les gusta ir por la casa de Cristino, porque les parte el alma ver a esos muchachos y su madre tratando de salir adelante y para sobrevivir venden hasta un hueco. Se encuentran con los hijos de Cristino que tienen también ron en la lista de su mercado negro y le compran una botella.

–Sí, un litro… ¿Y el viejo? –Les pregunta Camilo.

–Ahí… –Un ahí que significa jodido.

–¡Ni numismático se puede ser en Cuba! –Dice irónicamente el tío Raúl, para no hacer más pesada la situación, esconde la botella. Se desprende dolorosamente del dólar y se alejan del lugar.

–¡Lo logramos! Le vamos a comer el gato a esa vieja.

–La verdad que el animalito no tenía culpa, pero tampoco la familia de Cristino…


–Ahora llegamos, revisamos el horno, seguro ya está doradito.

–Hace tiempo que no como carne, me va a saber a conejo…

–Y le brindamos a Delfina, le decimos que lo compramos en El Conejito…

–¡Ni en ese restaurante ya venden conejos…!

–Entonces le decimos que me lo mandó mi mamá del campo y como la otra vez le dimos puerco asao, de aquel pernil de cerdo que nos mandó…

–Y casi nos echa a la policía por el olor… hasta que la llamamos y le brindamos…Ahí sí que no jodió más.

–Sí, sí, pero no al principio, para que no nos joda la charla, ponemos Radio Martí, nos metemos par de tragos, nos comemos el gato y le guardamos una posta…

–Lo que hay que desaparecer es la cabeza, nos buscamos un lío donde sepan que le matamos el gato a la presidenta del comité.

Por la acera contraria pasa un carro de policía.

–¡Ahí viene la fiana…!

Raúl esconde la botella, y como está a tres puertas de su casa aprieta el paso. La policía pasa despacio. Ellos evitan la mirada de los esbirros. La patrulla se detiene. Ellos no miran para atrás.

–¡Ey, compañeros…!

Escuchan como un regaño la voz del policía a sus espaldas…

–¡Vengan!



Los dos hombres se han detenido. Como Raúl es quien tie-ne la botella, el que rápido se gira es Camilo y va hacia ellos.

–Sí, combatiente… Dígame…

Uno de los policías bosteza con indiferencia. El otro se ríe como una hiena y mira hacia Raúl que ha quedado más retirado.

–Usted igual, acérquese.

Raúl está parado frente a ellos. Con una maniobra magistral ha pasado la botella desde el brazo hasta la espalda y la apoya contra la pared. Si se mueve un centímetro caerá el litro al suelo. Aparece Delfina por la puerta de entrada de la vecindad y corre hacia los policías mientras les dice:

–Yo fui quien los llamó, les tengo el dato.

Camilo queda estupefacto. Raúl inmóvil junto a la puerta de entrada y la botella que se le resbala por su espalda despacio, la aprieta fuertemente.

–Ya se quienes son los que tienen el contrabando de ron en el barrio. –Les dice Delfina que camina, como siempre, dando tumbos de lado a lado, hacia la patrulla.

–Si, Delfina, venga.

–¿Y los conoces a ellos? –Pregunta el que maneja la patrulla.

Delfina los mira como en cámara lenta. La botella está a punto de caer rodando entre la espalda de Raúl y la húmeda pared. Camilo le lanza una señal de súplica a Delfina y ella vuelve a mirarlos a los dos.

–Son mis mejores vecinos. Buenos muchachos… lo malo es que son amigos de la familia de Cristino, el relojero delincuente ése. ¡Ah… precisamente vamos para su casa que sus hijos son los que venden el ron!



Raúl está sudando, pegado a la botella que amenaza con destruirle la columna vertebral. Camilo tiene lágrimas de odio en los ojos, Raúl sabe que Delfina se está vengando de Cristino porque un día le dijo en medio de la calle que ella era una vieja insatisfecha, cochina, hija de puta y chivata, y ella le está cobrando las risas que vinieron de todos los balcones de la Habana Vieja.

Delfina ya está dentro de la patrulla. La patrulla arranca y Camilo corre hacia Raúl para que no se le resbale la botella. Ya todo ha pasado.

Raúl sabe que van a llevarse presos a los hijos de Cristino y nada puede hacer. Además ellos fueron los últimos que le compraron el ron prohibido. De ahora en adelante, ellos también tendrán fama de chivatos en el barrio. Si al menos tuvieran teléfono, podrían avisarles a los hijos de Cristino.

Camilo y Raúl van hacia la puerta de su vecindad. Por lo menos se comerán el gato, y ahora no una, sino que le brindarán dos postas a Delfina, les dirán que es conejo, se vengarán de ella, se tomarán la botella de ron con Armando Ventolera, escucharán Radio Martí, y hablarán, bajito, mal de Fidel. Suben uno a uno los escalones, llegan al pasillo. Raúl, apura el paso, agitado llama a Armando Ventolera.

–Armando, Armando… corre, mi hermano, van a joder a los hijos de Cristino… Armando…

De un manotazo Raúl abre la puerta y queda inmóvil, desconcertado, pálido. Armando se balancea, Armando Ventolera se ha despedido para siempre ahorcándose de una de las vigas del techo.

Raúl no puede creerlo. Camilo observa que en el rostro del amigo, que pende de la cuerda, todavía se dibuja una rara sonrisa por la última broma que acaba de hacerles. En el horno, de escaso gas, el gato se va quemando poco a poco.


Bogotá, Colombia abril de 2006

 
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